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domingo, 9 de octubre de 2016

ESCRIBIR CON SANGRE

Vinicio Portela Hernández
Era la tercera noche que Mauricio no podía dormir, los recuerdos de un pasado lejano lo atormentaban y es que el amor a distancia de los años es una tortura que no se puede acallar por el tic tac del reloj.
Dos sonidos retumbaban en sus tímpanos, el canto del aire de octubre que pega en los Flamboyanes de invadían Tuxtla Gutiérrez y un susurro que se trasmutaba en un te amo.
20 años habían pasado, pero el olor de la atmósfera del otoño lo colmaban cada madrugada, Mauricio ya no era el mismo niño de 15 años que jugueteaba a ser el Don Juan del Barrio, sus responsabilidades como encargado de una revista cultural lo hacían casi olvidar la historia de amor de su juventud.
Pero a dos décadas, el inconsciente que se manifestaba en sus sueños a ojos abiertos no lo dejaba conciliar un descanso, las madrugadas le reclamaban la piel juvenil de Viviana, su primer extravío amoroso, que se le aparecía como fantasmas en sueños y que lo hacían rememorar aquel primer beso nocturno en el Jardín Botánico.
Esa madrugada, Mauricio se levantó de la cama, dormía solo, la familia que había forjado por más de ocho años la perdió a causa de su disciplinada vida de pintor y decidió, para su mala fortuna, que era más importante el lienzo que sus dos pequeños hijos y su esposa.
Al final del pasillo estaba una luz tenue de una lámpara que yacía en el baño. Se acercó al lavamanos y después de enjuagar su rostro este se reflejó frente al espejo polvoriento.
Por primera vez se pudo comparar, 35 años no habían pasado por su faz, sino se habían quedado tatuados en cada pequeña cana que se asomaban penosamente de su cabellera negra y alborotada.
El rostro juvenil lo había cambiado por unas mejillas regordetas cundidas de barba de tres días de crecida.
Quedó viendo fijamente sus ojos y, entre las carnosidades que detallaban horas de lecturas y bohemias, encontró las pupilas que muy en el fondo pudo observar tal cual era, de aquel infante quinceañero que pretendió encontrar el paraíso en los labios carnosos de Viviana.
Y en un grito que se atoró en el pecho, como si en ello la vida se le fuera, recordó pasajes de su rebeldía y sus deseos inalcanzados, cerró los ojos como queriendo escapar de ese momento de angustia, como si sus párpados pudieran apaciguar la asfixia que le producía la nostalgia.
La vejez se está apoderando de Mauricio, se da cuenta, la imagen sobre el espejo es despiadada, las canas una a una sobresalen de sus sienes, los pelos de la nariz son persistentes y cunden su cavidad y su espalda parece una alfombra como la que cubre una piedra cundida del limo de río.
Pero ahí sigue la figura, tras el cristal y entre sus encuentros fortuitos consigo mismo recuerda cada carta, cada verso que le plasmó al juvenil amor que perdidos, en sus nacientes arrugas, tiene celosamente ocultas en los cachivaches que se acumulan, como sus recuerdos, en el ático.
- ¡Maldito es el tiempo!-, dijo, es 7 de octubre, se acercó a una pequeña caja de madera roída, esta se encontraba como siempre en su cómoda, a un lado de una botella de tequila, ambas al alzarlas se podían ver la sombra de la inmovilidad, perfectamente se apreciaban los dos rectángulos, que a comparación del resto del mueble, no se encontraban en contacto directo con la atmósfera.
De la caja tomó una llave y de la botella vació medio caballito de tequila, todo indicaba que el valor de aquel hombre se encontraba en esas gotas añejadas de agave azul.
Caminó sin detenerse, sin respirar, hacia la puerta del ático, al introducir el picaporte en la cerradura se combinaron los sonidos del rechinido del metal con un largo suspiro, de esos que son de una nostalgia acumulada de dos décadas.
Como siempre tiembla al toparse de frente al recipiente que guarda sus recuerdos, vierte el destilado en lo que algunos llaman boca que ahora es solo una caverna que no podía respirar, pero esta vez es diferente, el temor es infinito, tiene tantas cosas por decir, pero al parecer no halla letras para hacerlo.
Agarra fuerzas del último vestigio de alcohol que le quedó sobre el bigote y toma su tesoro con las dos manos, que vibran tan rápido que no se nota el movimiento.
Ahí estaban, recluidas, hacinadas los trazos de lo que año por año fue su razón por vivir. Las deja sobre el escritorio, se aleja y las observa silencioso a sabiendas que ese día tendría una carga más, otra carta enclaustrada no solo en su ático, sino en sus dedos que ahora le demandaban escribir.
De este anhelo solo salieron dos palabras: “te extraño”, las repitió tantas veces sobre el papel que no se podía observar nada más que una mancha que Mauricio vislumbraba como el rostro de Viviana.
Y reflexionó, esto no se puede quedar en la nostalgia, que tenía que agarrar fuerzas para encontrarla de nuevo, que esas líneas de tinta tendrían que ser leídas por la mujer en la que se había convertido su juvenil amor.
Esa madrugada no fue desaprovechada y gracias a la tecnología que tienen las redes sociales, en la internet, Mauricio pudo ubicar a algunos de sus familiares y luego encontrar el correo electrónico de Viviana.
Con el temor, que produce la zozobra, el pintor escribió unas cuantas líneas en la computadora:
Hola Vivi:
¿Ojalá que no sea ordinario?, pero empezaré como empiezan todas las cartas. Espero que estés bien de salud y que tengas muchos éxitos en tu vida.
Hace algunos años que tengo algo tuyo, muy personal y me gustaría entregártelo.
Sí estás de acuerdo, me gustaría invitarte un café para platicar y hacerte llegar lo que es de tu propiedad.
Con mucho cariño.
Mauricio
PD: Espero tu respuesta, gracias por la atención a estas líneas.
El afligido remitente envió el mensaje y luego se dijo a sí mismo: -¿qué haces estúpido, ¿seguramente después de tantos años se va a acordar de ti?, en verdad que eres ingenuo, no le escribiste nada de tus sentimientos y menos que la extrañabas-, mientras se golpeaba la cabeza con la pared.
Al alba, Mauricio prefirió dormir, la botella de tequila que había guardado por 20 años había sucumbido por los delirios de ansiedad entre un sí y el rechazo de Viviana, los quiso ahogar y quien pagó la culpa fue el líquido veterano que ya no aguantó estar en su jaula de cristal.
16 horas pasaron, los ojos de aquel hombre los rodeaba la obscuridad de un cuarto que ya había soportado un día más, solo iluminaba su estancia una pequeña luz parpadeante que emergía de su computador.
Mauricio incrédulo encendió la máquina, que se había quedado en stand by, increíble pero cierto, Viviana había contestado:
Hola Mauricio, en verdad nunca pensé que podría tener contacto nuevamente contigo.
Me da mucho gusto saludarte y al mismo tiempo me aterra pensar qué es lo que tienes de mí que es tan personal.
Mándame tu número telefónico y nos ponemos en contacto, y claro que me gustaría platicar contigo. Saludos.
Las manos le temblaban a Mauricio y unas lágrimas rodaron por su barba, en 20 años de ausencia y ahora está a punto de verla. Ahora la desesperación era darle una buena impresión y mientras su mente estaba llena de imágenes contrarias a su fisonomía, sus dedos escribían rápidamente su número celular para rematar con un: “muchas gracias, estoy muy feliz”. Esa noche, a pesar de que sólo tenía unos minutos despierto, Mauricio regresó a su almohada y durmió como nunca lo había hecho.
El sol no era el mismo, su larga cabellera dorada del astro rey al amanecer parecía que cubrían cada una de los recovecos de su lúgubre morada, los cuadros que yacían por doquier ahora parecían que tenían un significado claro, una predicción de encuentro.
-¿Pero esto pudo ser un sueño?-, se decía Mauricio constantemente al mirar el techo, no podía pretender que aquella pequeña niña le haya contestado casi desde el inframundo de su historia, se acercó nuevamente a la computadora, la inició, y ahí precisamente frente a sus ojos, se reflejaba la contestación de Viviana. No fue una alucinación, era la realidad que siempre ambicionó, estar de nueva cuenta frente a la imagen material de lo que, algunas personas trastornadas, llaman el verdadero amor, de aquellos que Jaime Sabines dice que no tienen ni Dios ni Diablo.
Pero Mauricio seguía siendo en mismo, el del tiempo tatuado, el de las canas incrustadas, el de a tristeza anegada. Nuevamente de postró frente al espejo y se vio diferente, aquella cara rígida se emblandeció en una gran sonrisa que enfatizaban las líneas de expresión, que antes decían quieres morir, y ahora, al contrario, se transformaron en bellas pruebas de su paciencia. 
El rastrillo abandonado se remojó en el frío fluido de una llave que borbotea, que encontraba su seno en las manos de Mauricio, por fin se rasuró por gusto y no por los dogmas que dicta una sociedad patriarcal, las hojas de acero acariciaban el rostro del pintor quien descubría que hay una felicidad dentro de la desesperación inaudita del capitalismo corrupto donde sí hay personas buenas que no olvidan.
Sobre el buró, donde antes descansaban como tumbas una botella de tequila y una caja, retumbaba el trinar de su equipo celular, era un número desconocido y sin importar que quedara lleno de espuma, Mauricio contestó enseguida.
-¿Vivi eres tú?-
Sorprendida, al otro lado de la frecuencia magnética, se encontraba Viviana. -¿Cómo supiste que era yo?-.
Mauricio no quería externar que ese teléfono no sonaba desde hace mucho tiempo, ya que su soledad era lo único que lo acompañaba.
-La verdad no lo sé, lo presentí-, respondió nervioso, como un adolescente, como quien va a tener una prueba en el que se decida su vida.
-Mauri, me gustaría verte hoy ¿espero que no sea un problema?-
-Para nada Vivi- respondió.
Se citaron a medio día, en una pequeña cafetería al interior del parque infantil que se encuentra colindando con el Jardín Botánico. Mauricio no pudo esperar mucho tiempo y se arreglo tanto como pudo, la barba ya era un olvido y las arrugas era parte de una máscara incrustada de felicidad, su sonrisa se apreciaba y antes de viajar a su encuentro, meditó que decir, cómo empezar, en su mente no pasaba nada, era un desierto, estaba árido de ideas, solo pensaba continuamente en abrazar ese frasco con cartas y dársela una a una a Viviana para que se diera cuanta que siempre estaba en sus pensamientos.
Un taxi pasó por Mauricio una hora antes, quería estar presente y verla llegar, y tras la alegría a instantes de llegar a su destino, miró el reloj del celular y había una llamada perdida, era Viviana, todo su cuerpo se estremeció, sabía que no todo era bueno, que su existencia no le podría permitir ese encuentro.
Baja del vehículo a unos metros de la cafetería y como pudo, entre el teléfono y el frasco de cartas, le marca a Viviana. La desgracia continúa, está fuera del área de servicio. La desesperación cubre cada poro de Mauricio.
Camina más rápido, se encuentra en las mesas frente al establecimiento y antes de que se dispusiera a marcar de nuevo, da un vistazo al rededor y no observa a ninguna persona. En su cerebro solo recorría la frase: ¡se arrepintió, se arrepintió!.
Marca de nuevo y al poner el teléfono sobre su sien, este siente que sonó tan fuerte como el repicar de campanas de la catedral.
-¡Hola Mauri!, fíjate que me adelanté al café, ya estoy aquí, espero que no te moleste venir más temprano-. Era la voz de Viviana y el corazón rebotaba en el pecho de Mauricio que solo alcanzó a contestar: -Estoy aquí, ¿dónde estás?-.
Al fondo del local se ve una mano que lo saludaba y por el teléfono le decía: -¿ya me viste Mauri?-.
El tiempo lo sentía más lento y el aire más denso, Mauricio se acercó y pudo observar detenidamente esos ojos rasgados y café de los cuales anhelaba reflejarse nuevamente.
Y como si fuera ayer, cuando se iban de pinta del bachillerato, platicaron por varios minutos sus recuerdos infantiles, que a carcajadas disfrutaban de esas anécdotas.
-¿Y por fin Mauri, qué es lo que tienes tan personal que me lo quieras dar?-
Sobre la mesa yacía el frasco, Mauricio lo abrió, sacó cada una de las hojas amarillentas por el tiempo de espera, las observó pacientemente y las colocó en orden cronológico, sacudió un poco de polvo que tenían y se las entregó a Viviana de sus manos.
Sorprendida, y con un gesto de rareza, Viviana dio vuelta las hojas repitiendo esa acción varias veces. Levantó la vista y le dijo: -¿De qué se trata esto Mauricio, es una broma?-.
Las hojas, las que habían sido el diario sentimental de 20 años, estaban en blanco, no tenían nada, Viviana las puso sobre la mesa en un solo movimiento y en ese acto se quebraron como frágil cristal.
Mauricio no entendía lo que estaba pasando, el regalo que atesoraba y que era prueba irrefutable de su amor se esparció como polvo en toda la cafetería.
Con un ceño de enojo Viviana cuestionó a su amigo: ¿Qué mentira es esta, por qué me regalas pedazos de hojas?-.
Como pudo Mauricio le explicó de lo que se trataba, que eran cartas que año con año le había escrito para recordar la mayor felicidad que había tenido en su vida. Viviana estaba segura que era un estúpido engaño y enojada trata de pararse creyendo que era una locura que alguien guardara 20 años unas cartas.
De un salto Mauricio se puso al frente de Viviana, -No te vayas enojada, es cierto lo que digo, 20 años guarde tu recuerdo en esas hojas y ahora el destino me las quita.-
Un pequeño forcejeo la mujer lo empuja y le dice: -¡Eres un mentiroso, siempre lo fuiste y lo sigues siendo!-. Y entre ruegos Mauricio consigue que Viviana se controle.
-Sé que esta será la última vez que podamos platicar, pero por favor déjame tocar tu rostro, para poderlo recordar por siempre, para poder pintarte con mis recuerdos-.
Su petición fue consentida y Mauricio exploró nuevamente la suave piel de Viviana sintiendo como su aura se transportaba entre sus manos, hasta que sus dedos llegaron a su rostro.
Viviana se estremeció, vio una luz amarilla donde pocos a poco emanaban letras y susurró: -Son las cartas Mauri, son tus cartas-.
Mauricio no entendía realmente de lo que se trataba, pero en su pecho sentía como cada trazo de letra se expulsaba de su ser. Viviana leyó por primera vez aquella carta veintiañera y poco a poco las demás desde la palma de las manos de Mauricio.
Y ahora cada año se puede ver a esa pareja, rodeada del bosque del Parque conversando sin decirse nada, solo con las llamas de sus dedos tocándose sus párpados.


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