Vinicio Portela
Hernández
Era
la tercera noche que Mauricio no podía dormir, los recuerdos de un pasado
lejano lo atormentaban y es que el amor a distancia de los años es una tortura
que no se puede acallar por el tic tac del reloj.
Dos sonidos retumbaban en sus tímpanos,
el canto del aire de octubre que pega en los Flamboyanes de invadían Tuxtla
Gutiérrez y un susurro que se trasmutaba en un te amo.
20 años habían pasado, pero el olor de
la atmósfera del otoño lo colmaban cada madrugada, Mauricio ya no era el mismo
niño de 15 años que jugueteaba a ser el Don Juan del Barrio, sus
responsabilidades como encargado de una revista cultural lo hacían casi olvidar
la historia de amor de su juventud.
Pero a dos décadas, el inconsciente que
se manifestaba en sus sueños a ojos abiertos no lo dejaba conciliar un
descanso, las madrugadas le reclamaban la piel juvenil de Viviana, su primer
extravío amoroso, que se le aparecía como fantasmas en sueños y que lo hacían
rememorar aquel primer beso nocturno en el Jardín Botánico.
Esa madrugada, Mauricio se levantó de
la cama, dormía solo, la familia que había forjado por más de ocho años la
perdió a causa de su disciplinada vida de pintor y decidió, para su mala
fortuna, que era más importante el lienzo que sus dos pequeños hijos y su
esposa.
Al final del pasillo estaba una luz
tenue de una lámpara que yacía en el baño. Se acercó al lavamanos y después de
enjuagar su rostro este se reflejó frente al espejo polvoriento.
Por primera vez se pudo comparar, 35
años no habían pasado por su faz, sino se habían quedado tatuados en cada
pequeña cana que se asomaban penosamente de su cabellera negra y alborotada.
El rostro juvenil lo había cambiado por
unas mejillas regordetas cundidas de barba de tres días de crecida.
Quedó viendo fijamente sus ojos y,
entre las carnosidades que detallaban horas de lecturas y bohemias, encontró
las pupilas que muy en el fondo pudo observar tal cual era, de aquel infante
quinceañero que pretendió encontrar el paraíso en los labios carnosos de
Viviana.
Y en un grito que se atoró en el pecho,
como si en ello la vida se le fuera, recordó pasajes de su rebeldía y sus
deseos inalcanzados, cerró los ojos como queriendo escapar de ese momento de
angustia, como si sus párpados pudieran apaciguar la asfixia que le producía la
nostalgia.
La vejez se está apoderando de
Mauricio, se da cuenta, la imagen sobre el espejo es despiadada, las canas una
a una sobresalen de sus sienes, los pelos de la nariz son persistentes y cunden
su cavidad y su espalda parece una alfombra como la que cubre una piedra
cundida del limo de río.
Pero ahí sigue la figura, tras el
cristal y entre sus encuentros fortuitos consigo mismo recuerda cada carta,
cada verso que le plasmó al juvenil amor que perdidos, en sus nacientes
arrugas, tiene celosamente ocultas en los cachivaches que se acumulan, como sus
recuerdos, en el ático.
- ¡Maldito es el tiempo!-, dijo, es 7
de octubre, se acercó a una pequeña caja de madera roída, esta se encontraba
como siempre en su cómoda, a un lado de una botella de tequila, ambas al
alzarlas se podían ver la sombra de la inmovilidad, perfectamente se apreciaban
los dos rectángulos, que a comparación del resto del mueble, no se encontraban
en contacto directo con la atmósfera.
De la caja tomó una llave y de la
botella vació medio caballito de tequila, todo indicaba que el valor de aquel
hombre se encontraba en esas gotas añejadas de agave azul.
Caminó sin detenerse, sin respirar,
hacia la puerta del ático, al introducir el picaporte en la cerradura se
combinaron los sonidos del rechinido del metal con un largo suspiro, de esos
que son de una nostalgia acumulada de dos décadas.
Como siempre tiembla al toparse de
frente al recipiente que guarda sus recuerdos, vierte el destilado en lo que
algunos llaman boca que ahora es solo una caverna que no podía respirar, pero
esta vez es diferente, el temor es infinito, tiene tantas cosas por decir, pero
al parecer no halla letras para hacerlo.
Agarra fuerzas del último vestigio de
alcohol que le quedó sobre el bigote y toma su tesoro con las dos manos, que
vibran tan rápido que no se nota el movimiento.
Ahí estaban, recluidas, hacinadas los
trazos de lo que año por año fue su razón por vivir. Las deja sobre el
escritorio, se aleja y las observa silencioso a sabiendas que ese día tendría
una carga más, otra carta enclaustrada no solo en su ático, sino en sus dedos
que ahora le demandaban escribir.
De este anhelo solo salieron dos
palabras: “te extraño”, las repitió tantas veces sobre el papel que no se podía
observar nada más que una mancha que Mauricio vislumbraba como el rostro de
Viviana.
Y reflexionó, esto no se puede quedar
en la nostalgia, que tenía que agarrar fuerzas para encontrarla de nuevo, que
esas líneas de tinta tendrían que ser leídas por la mujer en la que se había
convertido su juvenil amor.
Esa madrugada no fue desaprovechada y
gracias a la tecnología que tienen las redes sociales, en la internet, Mauricio
pudo ubicar a algunos de sus familiares y luego encontrar el correo electrónico
de Viviana.
Con el temor, que produce la zozobra,
el pintor escribió unas cuantas líneas en la computadora:
Hola Vivi:
¿Ojalá que no sea ordinario?, pero
empezaré como empiezan todas las cartas. Espero que estés bien de salud y que
tengas muchos éxitos en tu vida.
Hace algunos años que tengo algo tuyo,
muy personal y me gustaría entregártelo.
Sí estás de acuerdo, me gustaría
invitarte un café para platicar y hacerte llegar lo que es de tu propiedad.
Con mucho cariño.
Mauricio
PD: Espero tu respuesta, gracias por la
atención a estas líneas.
El afligido remitente envió el mensaje
y luego se dijo a sí mismo: -¿qué
haces estúpido, ¿seguramente después de tantos años se va a acordar de ti?, en
verdad que eres ingenuo, no le escribiste nada de tus sentimientos y menos que
la extrañabas-, mientras se golpeaba la cabeza
con la pared.
Al alba, Mauricio prefirió dormir, la
botella de tequila que había guardado por 20 años había sucumbido por los
delirios de ansiedad entre un sí y el rechazo de Viviana, los quiso ahogar y
quien pagó la culpa fue el líquido veterano que ya no aguantó estar en su jaula
de cristal.
16 horas pasaron, los ojos de aquel
hombre los rodeaba la obscuridad de un cuarto que ya había soportado un día
más, solo iluminaba su estancia una pequeña luz parpadeante que emergía de su
computador.
Mauricio incrédulo encendió la máquina,
que se había quedado en stand
by, increíble pero cierto, Viviana había
contestado:
Hola Mauricio, en verdad nunca pensé
que podría tener contacto nuevamente contigo.
Me da mucho gusto saludarte y al mismo
tiempo me aterra pensar qué es lo que tienes de mí que es tan personal.
Mándame tu número telefónico y nos
ponemos en contacto, y claro que me gustaría platicar contigo. Saludos.
Las manos le temblaban a Mauricio y
unas lágrimas rodaron por su barba, en 20 años de ausencia y ahora está a punto
de verla. Ahora la desesperación era darle una buena impresión y mientras su
mente estaba llena de imágenes contrarias a su fisonomía, sus dedos escribían
rápidamente su número celular para rematar con un: “muchas
gracias, estoy muy feliz”. Esa noche, a
pesar de que sólo tenía unos minutos despierto, Mauricio regresó a su almohada
y durmió como nunca lo había hecho.
El sol no era el mismo, su larga
cabellera dorada del astro rey al amanecer parecía que cubrían cada una de los
recovecos de su lúgubre morada, los cuadros que yacían por doquier ahora
parecían que tenían un significado claro, una predicción de encuentro.
-¿Pero esto pudo ser un sueño?-,
se decía Mauricio constantemente al mirar el techo, no podía pretender que
aquella pequeña niña le haya contestado casi desde el inframundo de su
historia, se acercó nuevamente a la computadora, la inició, y ahí precisamente
frente a sus ojos, se reflejaba la contestación de Viviana. No fue una
alucinación, era la realidad que siempre ambicionó, estar de nueva cuenta
frente a la imagen material de lo que, algunas personas trastornadas, llaman el
verdadero amor, de aquellos que Jaime Sabines dice que no tienen ni Dios ni
Diablo.
Pero Mauricio seguía siendo en mismo,
el del tiempo tatuado, el de las canas incrustadas, el de a tristeza anegada.
Nuevamente de postró frente al espejo y se vio diferente, aquella cara rígida
se emblandeció en una gran sonrisa que enfatizaban las líneas de expresión, que
antes decían quieres morir, y ahora, al contrario, se transformaron en bellas
pruebas de su paciencia.
El rastrillo abandonado se remojó en el
frío fluido de una llave que borbotea, que encontraba su seno en las manos de
Mauricio, por fin se rasuró por gusto y no por los dogmas que dicta una
sociedad patriarcal, las hojas de acero acariciaban el rostro del pintor quien
descubría que hay una felicidad dentro de la desesperación inaudita del
capitalismo corrupto donde sí hay personas buenas que no olvidan.
Sobre el buró, donde antes descansaban
como tumbas una botella de tequila y una caja, retumbaba el trinar de su equipo
celular, era un número desconocido y sin importar que quedara lleno de espuma,
Mauricio contestó enseguida.
-¿Vivi eres tú?-
Sorprendida, al otro lado de la
frecuencia magnética, se encontraba Viviana. -¿Cómo supiste
que era yo?-.
Mauricio no quería externar que ese
teléfono no sonaba desde hace mucho tiempo, ya que su soledad era lo único que
lo acompañaba.
-La verdad no lo sé, lo presentí-,
respondió nervioso, como un adolescente, como quien va a tener una prueba en el
que se decida su vida.
-Mauri, me gustaría verte hoy ¿espero
que no sea un problema?-
-Para nada Vivi- respondió.
Se citaron a medio día, en una pequeña
cafetería al interior del parque infantil que se encuentra colindando con el
Jardín Botánico. Mauricio no pudo esperar mucho tiempo y se arreglo tanto como
pudo, la barba ya era un olvido y las arrugas era parte de una máscara
incrustada de felicidad, su sonrisa se apreciaba y antes de viajar a su
encuentro, meditó que decir, cómo empezar, en su mente no pasaba nada, era un desierto,
estaba árido de ideas, solo pensaba continuamente en abrazar ese frasco con
cartas y dársela una a una a Viviana para que se diera cuanta que siempre
estaba en sus pensamientos.
Un taxi pasó por Mauricio una hora
antes, quería estar presente y verla llegar, y tras la alegría a instantes de
llegar a su destino, miró el reloj del celular y había una llamada perdida, era
Viviana, todo su cuerpo se estremeció, sabía que no todo era bueno, que su
existencia no le podría permitir ese encuentro.
Baja del vehículo a unos metros de la
cafetería y como pudo, entre el teléfono y el frasco de cartas, le marca a
Viviana. La desgracia continúa, está fuera del área de servicio. La
desesperación cubre cada poro de Mauricio.
Camina más rápido, se encuentra en las
mesas frente al establecimiento y antes de que se dispusiera a marcar de nuevo,
da un vistazo al rededor y no observa a ninguna persona. En su cerebro solo
recorría la frase: ¡se
arrepintió, se arrepintió!.
Marca de nuevo y al poner el teléfono
sobre su sien, este siente que sonó tan fuerte como el repicar de campanas de
la catedral.
-¡Hola Mauri!, fíjate que me adelanté
al café, ya estoy aquí, espero que no te moleste venir más temprano-.
Era la voz de Viviana y el corazón rebotaba en el pecho de Mauricio que solo
alcanzó a contestar: -Estoy
aquí, ¿dónde estás?-.
Al fondo del local se ve una mano que
lo saludaba y por el teléfono le decía: -¿ya me viste Mauri?-.
El tiempo lo sentía más lento y el aire
más denso, Mauricio se acercó y pudo observar detenidamente esos ojos rasgados
y café de los cuales anhelaba reflejarse nuevamente.
Y como si fuera ayer, cuando se iban de
pinta del bachillerato, platicaron por varios minutos sus recuerdos infantiles,
que a carcajadas disfrutaban de esas anécdotas.
-¿Y por fin Mauri, qué es lo que tienes
tan personal que me lo quieras dar?-
Sobre la mesa yacía el frasco, Mauricio
lo abrió, sacó cada una de las hojas amarillentas por el tiempo de espera, las
observó pacientemente y las colocó en orden cronológico, sacudió un poco de
polvo que tenían y se las entregó a Viviana de sus manos.
Sorprendida, y con un gesto de rareza,
Viviana dio vuelta las hojas repitiendo esa acción varias veces. Levantó la
vista y le dijo: -¿De
qué se trata esto Mauricio, es una broma?-.
Las hojas, las que habían sido el
diario sentimental de 20 años, estaban en blanco, no tenían nada, Viviana las
puso sobre la mesa en un solo movimiento y en ese acto se quebraron como frágil
cristal.
Mauricio no entendía lo que estaba
pasando, el regalo que atesoraba y que era prueba irrefutable de su amor se
esparció como polvo en toda la cafetería.
Con un ceño de enojo Viviana cuestionó
a su amigo: ¿Qué
mentira es esta, por qué me regalas pedazos de hojas?-.
Como pudo Mauricio le explicó de lo que
se trataba, que eran cartas que año con año le había escrito para recordar la
mayor felicidad que había tenido en su vida. Viviana estaba segura que era un
estúpido engaño y enojada trata de pararse creyendo que era una locura que
alguien guardara 20 años unas cartas.
De un salto Mauricio se puso al frente
de Viviana, -No
te vayas enojada, es cierto lo que digo, 20 años guarde tu recuerdo en esas
hojas y ahora el destino me las quita.-
Un pequeño forcejeo la mujer lo empuja
y le dice: -¡Eres
un mentiroso, siempre lo fuiste y lo sigues siendo!-.
Y entre ruegos Mauricio consigue que Viviana se controle.
-Sé que esta será la última vez que
podamos platicar, pero por favor déjame tocar tu rostro, para poderlo recordar
por siempre, para poder pintarte con mis recuerdos-.
Su petición fue consentida y Mauricio
exploró nuevamente la suave piel de Viviana sintiendo como su aura se
transportaba entre sus manos, hasta que sus dedos llegaron a su rostro.
Viviana se estremeció, vio una luz
amarilla donde pocos a poco emanaban letras y susurró: -Son las cartas
Mauri, son tus cartas-.
Mauricio no entendía realmente de lo
que se trataba, pero en su pecho sentía como cada trazo de letra se expulsaba
de su ser. Viviana leyó por primera vez aquella carta veintiañera y poco a poco
las demás desde la palma de las manos de Mauricio.
Y ahora cada año se puede ver a esa
pareja, rodeada del bosque del Parque conversando sin decirse nada, solo con
las llamas de sus dedos tocándose sus párpados.
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